Archivo para julio, 2013

Un vistazo al cine de espías de los años 60 y 70 – Gorka Vázquez

Posted in Sin categoría on julio 29, 2013 by bivafego

EL ARTE DE LA COSIFICACIÓN Y VICEVERSA

Antes de comenzar con la exposición, permitidme contaros una historia. Una historia que transcurre durante los años 60 y los años 70. Una historia de intrigas, conspiraciones, asesinatos, lavados de cerebro y suplantaciones de personalidad. Una historia donde nada es lo que parece o peor, donde todo es lo que parece. Pero no preocuparse. Permaneced tranquilos. Entre estas líneas estaremos a salvo.

Nuestro protagonista, al cual llamaremos, para preservar su intimidad, “Harry”, es un tipo amable aunque algo callado. Las pocas veces que habla es para responder al que le pregunta y suele hacerlo con convicción y cierta dosis de ironía o, por qué no decirlo, sarcasmo. Hoy está algo cansado. Ha sido un duro día de trabajo. Viste un traje sencillo al que a menudo cubre con una gabardina, por el frío. Harry vive en un modesto piso en el centro de la ciudad. Vive sólo. Su mujer falleció, o eso dijo Harry una vez que la entrometida de la portera de su edificio le preguntó. Harry siempre abre la puerta de su piso metiendo la llave lentamente y abriendo, finalmente, la puerta de golpe. Tiene sus manías… ¿Y quién no?. A Harry le gusta relajarse en su salón. Elige cuidadosamente una canción en el tocadiscos y comienza a tocar su saxofón. Finalmente, deja sus gafas de pasta negras sobre la mesilla y cierra los ojos para dormir.

harry_palmerEsa noche, tres golpes firmes, seguidos de dos cortos sobre la puerta, despiertan a Harry. Recoge sus gafas, con las cuales puede enfocar el mundo a su alrededor. Abre la puerta. Una silueta oscura termina por entrar y descubrirnos a una bella mujer. “En la cocina tengo Whisky. Sirve dos vasos”, dice Harry. La mujer rehúsa la oferta y tiende un grueso sobre marrón a Harry. En él hay una suerte de documentos de identificación de lo más variado. “Tu nuevo trabajo”, dice la mujer antes de cerrar la puerta tras de sí. Harry guarda el sobre junto a su Colt, calibre 32. Cierra el cajón y vuelve a colocar las gafas sobre la mesilla. Fundido a negro.

A la mañana siguiente, en el aeropuerto, Harry ya no se llama Harry, si no Edmund Dorf. “Que tenga una buena estancia en nuestro país, señor Dorf.”, dice con acento alemán un agente de aduanas.

El taxista se detiene en la dirección indicada. Edmund Dorf sale, le paga y se adentra en el hotel. El recepcionista le da la llave de la habitación “772”, contigua a la “773”. La habitación “772” es muy austera, como todas las del hotel. El sonido de la cisterna del váter logra solapar al del agujero que está haciendo en la pared, donde coloca un micrófono de alta tecnología. Tras unos segundos de calibrado técnico, consigue recibir perfectamente una conversación en la sala contigua. Comienza a grabar. La conversación no es importante para Harry. Él es un profesional, sólo le preocupa en este momento la calidad de su trabajo. De pronto, el ruido de un forcejeo en la habitación contigua, la “773”, capta su atención. Se oye un disparo con silenciador. Sus micrófonos de última generación son capaces de registrar hasta el susurro más leve. Sale corriendo de la “772”. Logra atisbar impotente escaleras abajo a la que parecía la mujer que le había entregado el sobre la noche anterior.

“Nos han traicionado, Harry” – “Pero, ¿quién?”. El que está tendido en el suelo con un balazo en el estómago es su antiguo compañero y contacto en Berlin. “No permitas subir al estrado al Doctor Stratman”. Me coge del brazo, trata de susurrarme algo: “Harry… recuerdas que me dijiste que si algún día se consiguiera la paz, la paz verdadera… ¿Ya no sabríamos ni cómo vivir?”. Parecía casi como si quisiera confesarse. El Doctor Max Stratman es una eminencia en física nuclear. Mañana deberá recoger el premio Nobel por su trabajo. Tras unos meses misteriosamente desaparecido, le acabamos localizando en la Alemania del Este. Mi misión era hacerle cruzar a salvo el muro y hacerle llegar a Estocolmo. Pero, ¿Por qué no debo llevarle?. Ya es demasiado tarde para una respuesta. Con cuidado, cierro los ojos de mi compañero. El teléfono de la habitación suena con estruendo. Descuelgo. Tras una pausa tensa, oigo: “¿Harry?”. Voz masculina. Miro por la ventana y creo ver una figura de hombre en una cabina cercana. Me mira. Suelto el teléfono, que cae descolgado. Sólo mis jefes sabían que me encontraría hoy en este hotel, pero ésta era una voz que no conocía. Tengo que huir. Quizá haya algo en esas cintas que grabé. Algo que aclare qué tipo de complot se halla tras la retransmisión televisada ante el mundo entero del Nobel a Stratman. En el bolsillo de la chaqueta de mi compañero encuentro una tarjeta con un nombre manuscrito: “Cóndor”.

Me precipito a la entrada del hotel. No soy capaz de ver al hombre de la cabina. Aprovecho para salir del hotel mezclándome entre un grupo de personas. Quizá quiera matarme como a mi amigo. No es que me queje, va con el sueldo. Visiblemente nervioso salgo corriendo una vez me creo a salvo, provocando las quejas del grupo de personas. Aunque mi alemán es bueno, no capto todos sus reproches por mi inesperada intromisión.

Paso la noche en un hostal. Escuchando mi grabación. Una y otra vez. Por fin, me quito las gafas y las dejo sobre la mesilla.

Funeral-in-Berlin

La estación de tren de Berlín es enorme. Está repleta de gente. “No se preocupe por Stratman. La agente Palmer logró contactar con él y ya están en Estocolmo”. Está repleta de gente. “¿Harry?, ¿Está usted ahí?” – “¿La agente Palmer, señor?”. En el televisor de un escaparate retransmiten los premios Nobel. “Escúcheme bien. No se mueva de Berlín. Enviaremos a alguien a encontrarse con usted”. Parece haber un gran revuelo de periodistas alrededor de Stratman, que permanece con la mirada perdida. Algunos transeúntes se agolpan ante el televisor en la estación. Está claro que algo importante ha ocurrido. Un fuerte pitido que anuncia la inminente partida del tren inunda el ambiente. “No le oigo bien, señor”. Junto a Stratman, la señorita Palmer. “Tu nuevo trabajo”. Harry se acerca de nuevo el teléfono a la oreja. “Señor” – “Diga, Harry”. Sostiene la tarjeta manuscrita. “Sé lo que es Cóndor”. Pausa. “¿Qué es lo que cree saber?” – “Lo suficiente para saber que Stratman ya no es Stratman” – “Usted no sabe lo que dice Harry” – “Pero usted lo sabe muy bien, ¿verdad?. He enviado las grabaciones a la prensa esta mañana. Todo el mundo conocerá la verdad”. El último aviso del tren. “¿Cómo puede estar seguro de que las publicarán?”. Sus palabras me dejan desconcertado. Suelto el teléfono que queda colgado y me alejo de ahí. “¿Harry?”.

Subo al tren. Creo ver de nuevo la misma figura de hombre a través de la ventana de mi compartimento. Tengo a mano mi Colt del 32. El tren comienza a salir de la estación. Y fin.

Bueno, ya os he dicho que estaríamos a salvo. No os preocupéis. Todo ha sido un montaje.

Un montaje o edición de varios aspectos y situaciones de diferentes películas y directores de la época que acordamos al principio del artículo, con el que he creado este texto para vosotros.

He escogido varias películas que me llaman la atención. A saber: “THE PRIZE” (El premio), Mark Robson (1963); “THE IPCRESS FILE” (Ipcress), Sidney J. Furie (1965); “FUNERAL IN BERLIN” (Funeral en Berlin), Guy Hamilton (1966); “THE CONVERSATION” (La conversación), Francis Ford Coppola (1974); “THREE DAYS OF THE CONDOR” (Los tres días del Cóndor), Sydney Pollack (1975); “BLACK SUNDAY” (Domingo Negro), John Frankenheimer (1977); “THE OSTERMAN WEEK END” (Clave Omega), Sam Peckinpah (1983).

En varias de estas películas, el protagonista se llama “Harry”. Así que, si queréis un personaje descreído, que se salte las normas solo ante lo que considera moral y profesional, podéis llamarle así. Todos tenemos un Harry dentro. Bueno, podéis llamarle así si dirigís algo en inglés, claro.

Entiendo que es complicado separar el concepto de edición como la ordenación narrativa y rítmica que transita un relato, de lo que es la dirección. Y la dirección de una secuencia te la aclara la intencionalidad de lo que se quiere contar. Me explico: si no sabes lo que estás grabando, difícilmente sabrás dónde cortar. Añadimos un concepto más al invento: el contexto social.

En las películas que destaco durante el período de los años sesenta, el espía vive bajo la amenaza comunista. El espía que no fuera comunista, claro está. En Estados Unidos el maccarthysmo había venido dando cera unos pocos años atrás y el miedo a la carrera armamentística nuclear era notorio. Así pues, y sin querer meterme en camisas de once varas, que para eso está la wikipedia, veremos algunos temas comunes en este período. El peligro a los dobles agentes que se cambian de bando, a los jefes representantes de cada gobierno con dobles intenciones, a los agentes hipnotizados por uno de los bandos con el fin de interceptar las intenciones del contrario. Por este mundo frío y en muchas ocasiones en blanco y negro se mueven los protagonistas de estas historias.

Permitidme destacar una, en concordancia con el relato de antes. Vamos a ver qué elementos tiene y cómo los he presentado en la edición que os he expuesto en el relato.

the_ipcress_fileEn “THE IPCRESS FILE” (Ipcress) 1965, Michael Caine da vida a Harry Palmer. Harry es reclutado como agente por el servicio británico de inteligencia. Su vida es bastante grisácea, como su vestimenta. Largas horas de vigilancia y un despacho cutre completan su ajuar cotidiano. Vemos que es importante conocer este entorno del personaje y detenernos en él para entender su futuro proceder. De hecho, los títulos de crédito ocurren mientras Harry se levanta y se prepara para ir a trabajar. Es muy bueno en su trabajo aunque la pesadilla de cualquier jefe ya que sus reacciones pueden resultar incontrolables, pero generalmente exitosas. Por esto le necesitan. Necesitan a alguien que no moleste eliminar si las cosas se ponen feas. Y lo gordo del caso es que el propio Harry lo sabe.

No es de extrañar que Sidney J. Furie plantee una película con más distorsión de la realidad que un telediario de la primera. Viene muy bien arropado con algunos de los miembros de la saga Bond. Peter Hunt, editor habitual de la saga y director cuatro años más tarde de: “ON HER MAJESTY´S SECRET SERVICE” (007, al servicio secreto de su majestad) 1969; Harry Saltzman en la producción y John Barry en la banda sonora. Un Barry que consigue ya ponerte alerta desde el mismo comienzo de la película en donde solamente vemos dos personas en un coche.

Contrapicados PRÁCTICAMENTE imposibles, enfoques y desenfoques en profundidad y cachés u objetos que dividen la pantalla en curiosas cuadrículas dando la impresión al espectador de ser un observador activo dentro de la trama, mientras minimiza, caricaturiza, desestructura y exagera a los personajes.

No obstante, Harry se quita las gafas para descubrir con claridad al agente americano durante la audiencia del científico raptado.

Lo que me llama la atención de esta película es la inclusión de la cotidianidad como personaje en la trama. El momento en el que se encuentran, “por casualidad”, evidentemente no, Harry y su jefe en el supermercado, mientras discuten un asunto tratando de evitar los demás carros y mientras Harry da una lección de gastronomía a su jefe, eligiéndole la mejor comida es de un bizarro genial, que diría una amiga mía. La tensión es clara.

También es importante el lugar donde se emplazan las historias. En este caso, Harry comienza un trabajo nuevo, con compañeros nuevos y un escritorio y métodos de trabajo nuevos. Su pesadilla será tener que rellenar el fastidioso informe “L-101”, donde tiene que dar el parte diario a su superior.

Según la propia trama de espionaje va avanzando, recorreremos partes de la ciudad. Calles, callejuelas, bibliotecas y demás edificios significativos para la trama, terminando generalmente en un lugar apartado, donde confluyen los elementos que ha encontrado por el camino. Tendrá que descubrir cuál es la verdad entre tanta mentira y engaño, y decidir según su conciencia. El último recurso. La última verdad que nos queda.

En los años setenta, la cosa cambia un poco a peor (por lo que se refiere a la angustia existencial y testimonial de los argumentos, no a la calidad de los films), diría yo. Es el tiempo de las escuchas telefónicas, la violación de la intimidad y la aceptación de un gobierno declarado como un “Gran Hermano” que decide, quebrantando la ley o no, qué es lo mejor para todos nosotros. En este contexto, jugarán un papel importante los medios de comunicación como vía sobre el control de la opinión de las masas al servicio del gobierno, o como medio para descubrir la verdad ante nuestros ojos. En cualquiera de los dos casos, como diría Robert Mckee, el final resultará irónico. Porque, aunque resolvamos el caso concreto que nos ocupe y el protagonista salga ileso, la sociedad seguirá siendo la misma. Igual de corrupta.

Es el tiempo del caso “Watergate”, destapado por el Washington Post, que puso en la palestra las escuchas ilegales que autorizó el presidente Nixon contra la sede del partido demócrata en 1972. Es la primera vez que un presidente de los Estados Unidos dimitió antes de terminar su mandato y que resultó imputado por “quebrantamiento de la Constitución” aunque luego, vía ominosos procedimientos legales, resultara exonerado y perdonado aunque retirado de la vida pública. ¡Que vivan los tecnicismos!.

WP

Escogeré otra vez, con vuestro permiso, una de las películas anteriormente mencionadas, para ilustrar cómo el nuevo contexto afecta a las tramas. Intentemos ver cómo he tratado de cambiar mi relato por la mitad para adaptarlo a los años setenta. Fijaos también, cómo hemos pasado de hablar de Harry en tercera persona para pasar a hacerlo en primera persona casi al final del relato. A lo mejor somos nosotros “Harry”. No sé yo. Veremos.

Sydney Pollack nos la lía bien parda en “THREE DAYS OF THE CONDOR” (Los tres días del Cóndor) 1975. “Cóndor” es el nombre en clave de Joseph Turner, interpretado por Robert Redford, protagonista de la película.

Turner trabaja en una agencia dependiente del gobierno, donde se dedica a leer todo lo que cae en sus manos para tratar de descubrir posibles tramas de espionaje. Cosas como: “¿Por qué este libro sólo ha sido traducido al francés y al alemán y no a otros idiomas?”. Nada tan sofisticado como el personaje de Rusell Crowe en: “A BEAUTIFUL MIND” (Una mente maravillosa) 2001, de Ron Howard.

Que va. Turner es un tipo corriente, sonriente y buen compañero. Él solo lee libros. Durante un pequeño descanso, vuelve al trabajo con los bocadillos del almuerzo para descubrir con estupor que han asesinado a balazos a todos sus compañeros. Turner se pondrá en contacto con su jefe de división superior, al que no conoce, para explicar lo sucedido desde una cabina cercana. No sabe qué hacer. “Diga su nombre en clave” – “Eh, no me acuerdo… ¡Cóndor!” – “Está bien Cóndor, vaya a esta dirección a esta hora y no cuelgue el teléfono”.

Más adelante en la historia, descubriremos que en su último informe, Turner había descubierto sin saberlo, una trama que complicaba, qué palabra tan bonita “complicaba”, directamente a su propio gobierno con un tráfico ilegal y clandestino de crudo petrolífero. Turner comenzará a sospechar de todos y tendrá que buscarse la vida para resolver el por qué tratarán de matarle.

Ahora, que nos vamos acercando al final de este artículo y, siguiendo el esquema de trama de espías que estoy tratando de utilizar en él, llega el momento de explicar el título: “El arte de la cosificación y viceversa”.

Si nos damos cuenta, los personajes principales de estos ejemplos que he puesto van pasando de ser “personas individuales” con nombres y apellidos, a ser un nombre en clave o un nombre falso para terminar convirtiéndose en “objetivos” de una organización que les supera y les apunta. La realidad se impone y muestra como el individuo es un “objeto” para el ente gubernamental. La cosificación de la persona se hace evidente.

El ente que gobierna, es representado habitualmente por líneas verticales potentes, clavadas sobre horizontales sólidas. Grandes mesas de despacho, con columnas, pantallas que lo controlan todo y relojes con los horarios mundiales. Nada puede hacer el “objetivo” cuando su ciudad deja de ser su ciudad. En un estupendo montaje sonoro en “THREE DAYS OF THE CONDOR” (Los tres días del Cóndor) 1975, el director Sidney Pollack nos ofrece un plano general como ubicación de la ciudad mientras escuchamos una voz en off de una conversación telefónica en la que el superior, Higgins (Cliff Robertson) da orden de enviar unos hombres a recoger al “pobre” Turner. La ciudad, vista desde lo alto, desde arriba, pertenece a esta voz. Turner, únicamente podrá esquivar lo que le acecha sobreviviendo en los  recovecos urbanos. Turner entra en una tienda antes de raptar desesperado a Cathy (Faye Dunaway). Observa desde detrás de un perchero. Un perchero que se transforma, por arte de birlibirloque y por arte del montaje, en un “escondrijo”. Un teléfono corriente pasa a ser un elemento intimidatorio equivalente a un personaje abstracto que pudiera estar al otro lado para favorecer o zancadillear al protagonista.

De ahí que los objetos y lugares pasen a ser personajes y los personajes objetos. Personaje con el deseo de volver a recuperar su condición anterior. De ahí el conflicto y de ahí la importancia de saber bien qué significa cada secuencia a la hora de plantear un rodaje. La verdad del asunto, es que, una vez descubierto el pastel, no se puede ser exactamente igual que antes. Ya has visto Matrix, se siente. “MATRIX” 1999 de Andrew y (entonces todavía) Laurence Vachowski.

¡Mirad! Un detalle que podríamos considerar como de autoedición, que me gustó de esta película y que no he vuelto a ver. En un momento dado, Turner, trata de atar unos cabos recordando una conversación anterior. El flashback bien empleado está permitido, amigos. Se ve a sí mismo hablando con un compañero. Alguien pasa por el medio de los dos interrumpiendo el sonido de la frase. Volvemos a ver la cara en el presente de Turner que se esfuerza un poco más. Vemos de nuevo el flashback, esta vez sin el personaje que interrumpe y escuchamos perfectamente la frase. Aquí se propone el flashback no para engañar soltando una información nueva, ocultada al espectador en un momento anterior de la película, sino como un ejercicio de interpretación sobre cómo funciona nuestra memoria real y en este caso, de una manera selectiva. Ojo, que a mí, la mía me engaña siempre. Menudo soy yo.

Otro elemento a destacar en el montaje es la sensación de peligro compartida por el director, Sidney Pollack, con el espectador a espaldas del protagonista. Ejemplo: un punto de mira enmarca a nuestro protagonista. Detrás, un asesino profesional. Delante, nuestro protagonista. En esta ocasión, Turner sale de un edificio acompañado por unos jóvenes a los que engaña para parapetarse. Realmente, Turner no sabe si está siendo vigilado. Lo intuye. Nosotros lo sabemos. Conocemos parcialmente los movimientos de ambas partes de la contienda, por lo tanto, nos encontramos en una situación de superioridad cognoscitiva con respecto al protagonista atribulado, del que nos compadecemos cuando no sabe algo y con el que nos alegramos cuando descubre algo, por virtud de narración y ordenación significativa en el montaje, también para nosotros, y al que deseamos con todas nuestras fuerzas que salga ileso. Ya nos tienen pillados.

No me he metido en harina para hablar de los medios de comunicación, pero un buen ejemplo lo tenemos en “THE OSTERMAN WEEK END” (Clave Omega) 1983, de Sam Peckinpah. El personaje principal termina retando al espectador a que apague la tele. El discurso de esta película juega con la realidad distorsionada entre lo que aparece en las pantallas y sus recursos como fallos en la imagen, el empleo del blanco y negro, el grano o nieve para expresar perfectamente cómo de distorsionada se percibe la realidad.

En “THE MANCHURIAN CANDIDATE” (El mensajero del miedo) 1962, de John Frankenheimer, hay una declaración que suscita una discusión inmediata en una juzgado retransmitido por televisión donde vemos unos monitores en el plano. Así pues, vemos la realidad y el plano emitido que curiosamente está en el eje contrario a lo que ocurre en la sala.

En “THREE DAYS OF THE CONDOR” (Los tres días del cóndor) 1975, el propio Turner amenaza a su superior con haber enviado sus averiguaciones a la prensa. Como ocurre en mi relato, el representante del gobierno le espeta que cómo puede estar seguro de que publicarán el material. Turner se queda blanco viendo hasta donde llegan las redes del que manda y lo poco que se puede hacer para cambiar las cosas.

Por último, y como ejemplo de montaje sonoro, importantísimo también en la edición cinematográfica, quiero destacar “THE CONVERSATION” (La conversación) 1974, de Coppola. Gene Hackman interpretando a un profesional de las grabaciones sonoras al servicio del mejor postor, en este caso, una gran compañía.

la_conversacion_posterCoppola rodó esta película entre “THE GODFATHER” (El padrino) 1972 y “THE GODFATHER. PART TWO” (El padrino 2) 1974. Se conoce que llamó a los colegas, Fredo (John Cazale) y el consiglieri de origen irlandés, Tom Haggen (Robert Duvall), que aparecen en esta película modesta en medios pero grande en recursos y en guión. Ojo, que por ahí asoma un joven Harrison Ford. El primer plano general de la plaza con un tímido zoom de acercamiento hasta los personajes que están grabando y cómo el sonido de la grabación con sus defectos aumenta en decibelios según vamos centrando la atención en la vida parcial de los viandantes de esta plaza es para tener en cuenta. La fracturación de la información de estas grabaciones durante toda la película y cómo afecta a la psique y la capacidad de relación social de un protagonista ya traumatizado de antemano, como suele ser habitual en el género expuesto, termina desembocando en un plano final devastador con un Hackman terminando de romperse en pedazos junto a su saxofón, que creo que es lo único que queda en pie. Saxofón que empleaba para tocar sobre un tema clásico que identifica el autor con la mujer muerta del personaje de Hackman. Otra vez cosificando, fijaos.

Bueno, sólo pretendía dar unas pinceladas sobre mis propias impresiones al ver estas películas. Impresiones que he representado usando sus diferentes claves en el relato con el que comienzo. Está ahora en vuestra mano investigar más sobre ellas y sacar vuestros propias conclusiones. Os he dejado mis recomendaciones. Y ya de paso, una conclusión de regalo:

A mí hay una cosa que me escama en todo este asunto. Si estas películas muestran claramente que el interés gubernamental responde a un interés privado en donde quebrantar la ley no paga un peaje para el que ejerce el poder, salvo en contados casos de escándalo sonado, donde solamente se escoge una cabeza de turco para ofrecer y contentar al vulgo,… Si todas las mentiras y conspiraciones bañadas en corrupción son tan reales como evidentes… ¿Por qué nos permiten ver estas películas y tienen tanto éxito?.

Porque el efecto placebo de la catarsis colectiva ante saberse conocedor de un anhelo más allá de esta sociedad corrupta, representado por tantos y tantos artistas en la pantalla, que es lo que nos ocupa, calma nuestra sed de conocimiento y de rabia. Y esto, les conviene. Ya nos lo decía George Orwell en “1984”. Ahora bien, al salir del cine, quién es el guapo que hace algo. Voy por una Coca-Cola. ¿Queréis una?.

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